Arte y Cultura

Lecciones para tu vida de momentos históricos

7 de marzo de 2018


Es posible extraer lecciones personales de los eventos históricos. Stefan Zweig en su famoso libro, momentos estelares de la historia, nos muestra cómo ciertas circunstancias sutiles pueden cambiar radicalmente el curso de la humanidad. Si no has leído el libro, te lo recomendamos. Siguiendo la línea de Zweig, te contaremos algunos de estos episodios, llenos de enseñanzas para la vida ¿Qué mensaje te dejan a ti?

Por una puerta abierta

Es el año 1453: Constantinopla (Bizancio), es el enclave romano en oriente. Los turcos otomanos, quieren este territorio de vuelta, escenario de las cruzadas y símbolo de poder cristiano.

 

 

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El Sultán Mohamed ha sitiado la ciudad por tierra y mar. Rápidamente destruye kilómetros de murallas y lanza oleadas de ataques para debilitar al ejército defensor, que no se rinde.

Unas noches antes, un eclipse lunar y la lluvia no esperada, disminuyeron la confianza de los habitantes y soldados de la ciudad, creyendo que eran malos augurios.

Por fin, el Sultán ataca con todo lo que tiene. Utiliza la tecnología de guerra más mortífera: un cañón colosal, realmente una bombarda capaz de lanzar un proyectil de casi 700 kilos. A pesar de los destrozos causados por el arma, los sitiados recomponen los puntos críticos de las fortificaciones.

Aunque los asaltantes logran sobrepasar las primeras murallas, la fortificación incluye paredes interiores que siguen siendo impenetrables. Mientras tanto, las fuerzas de élite turcas asaltan la fortificación, sin poder dar el golpe definitivo, hasta que un destacamento de jenízaros encuentra una pequeña puerta.

La Kerkaporta, servía para que entraran peatones a la ciudad, bajo la vigilancia de los guardias. En el mayor momento de tensión, por ser una entrada sin mayor valor estratégico, fue dejada apenas abierta. El destacamento de soldados profesionales, encuentra esta brecha y por allí ataca a los cristianos en el interior de la ciudad, con tan buen fortuna de que logran herir al comandante del ejército de resistencia.

Se corre la voz de que los turcos han tomado la ciudad, cuando apenas unos pocos habían logrado entrar. A partir de allí, la defensa se hace caótica, Constantinopla cae, cambiando la historia para siempre y tocando las campanas del final de la Edad Media.

La derrota de la muerte: el Mesías

Es 1737, en Londres, Jorge Federico Händel está muriendo. Aunque hoy es un músico reconocido, no lo sería si por esos días se hubiera consumado su tragedia. Sus finanzas no van bien, ha enfermado de gravedad y sus composiciones le resultan insatisfactorias.

Aunque paulatinamente supera su enfermedad, pasan los años sin encontrar sosiego. Lo domina la inquietud, las deudas lo acosan, mientras los teatros de los que deriva su sustento son abandonados por el público más interesado en los avatares de las guerras.

Llega 1741. Charles Jennens le ha escrito una carta que contiene un libreto que Händel prefiere no considerar. Su mente está turbada, la ansiedad se ha apoderado de su alma, impidiéndole ser productivo. Una noche de insomnio, una más de esas, decide leer el libreto. Lee el título: “El Mesías” y lo que sigue le llega como un mensaje de tal poder, que se dedica a trabajar día y noche en la composición de la obra.

Su servidumbre preocupada intenta hacerle comer y beber, pero él compositor se ha entregado a las palabras poderosas del oratorio: “Comfort ye, comfort ye mypeople, saithyourGod” (Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios).

Solo tarda tres semanas. Tres arduas semanas después de las cuales cae en un profundo sopor. Sus criados asumen que el maestro ha llegado al final de sus días, cuando de pronto despierta con un apetito pantagruélico y dotado de una extraña energía juvenil.

Acepta inaugurar El Mesías en 1742, en una presentación de beneficencias a favor de presidiarios y enfermos. Declara que nunca recibirá pago alguno por esa obra, pues cree que en realidad es una obra del Altísimo. Ese día, él mismo participa de la orquesta y une al coro.Canta como nunca antes, como nunca más, llevado por la emoción de un público entregado a un himno que parecía ser interpretado por los ángeles.

Desde entonces el potente y sublime Hallelujah es un ícono de las navidades y realmente una de las obras maestras de la creación artística universal.

El mal momento de Napoleón

Fue sin dudas un revolucionario en toda la extensión de la palabra. Ambicioso, genio político y militar, su nombre es hoy uno de los más recordados en la historia.

Napoleón ha dispuesto sus tropas para la batalla decisiva. Prevé que debe impedir la unificación del ejército al mando de Wellington, con las huestes prusianas al mando del comandante Blücher. Hasta el momento, su estrategia de avanzar y retroceder la ha dado resultados. Ahora, se prepara para lanzar un ataque tal vez determinante contra el enemigo.

Encarga a uno de sus oficiales más confiables, Grouchy, el ir tras las tropas prusianas y evitar que se unan a Wellington.

En la mañana del 18 de junio de 1815, los bandos se tranzan en una carnicería terrible en Waterloo. Los cañones hacen retumbar la tierra y el cielo, mientras Grouchy sigue en la búsqueda del esquivo ejército prusiano. Sus oficiales, en vista de que no consiguen el objetivo, le ruegan volver para atacar a la artillería inglesa, pero Grouchy, es un hombre cumplidor y en extremo prudente, incapaz de tomar una decisión por sí mismo en un momento definitivo. Sigue las órdenes impartidas, mientras en el campo de batalla llega la tarde.

Napoleón ve asombrado cómo el ejército prusiano se une a la lucha e inclina la balanza a favor de Wellington ¿Dónde está Grouchy? ¿Por qué no regresa? Porque está cumpliendo una orden, dada por él mismo. No puede cumplirla porque Blücher lo ha eludido, haciendo lo que el momento histórico demandaba: apoyar a Wellington e inscribir para siempre su nombre como quien selló la derrota de Napoleón.

Grouchy no traicionó a Napoleón. Simplemente, fue fiel a una orden e infiel al arrojo que demandan situaciones excepcionales en la vida, que se presentan una vez y nunca más.

Fotografía: Phil Goodwin. En Unsplash

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